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Nacional 📅 25 Ago. 2026

El agujero de las UVA: cómo la deuda hipotecaria se multiplicó por 86 en seis años

Los créditos inmobiliarios ajustados por unidades de valor adquisitivo crecieron casi nueve veces más que los salarios. Miles de deudores enfrentan cuotas que triplicaron su peso en el presupuesto familiar.

El agujero de las UVA: cómo la deuda hipotecaria se multiplicó por 86 en seis años

Una deuda hipotecaria de 3,9 millones de pesos contraída en junio de 2018 se convirtió hoy en una obligación de 335 millones, simplemente por la mecánica de la Unidad de Valor Adquisitivo. Mientras tanto, los salarios de los trabajadores promedio apenas alcanzaron a crecer una tercera parte menos que esa cifra astronómica. Este desfasaje brutal entre lo que se debe y lo que se gana resume la tragedia silenciosa de decenas de miles de argentinos que apostaron al crédito hipotecario en los últimos años y hoy se encuentran atrapados en una encrucijada financiera sin salida aparente.

La matemática es despiadada y verificable. Quien tomó un crédito UVA por 160.824,74 unidades en junio de 2018 —cuando cada UVA valía $24,25— hoy enfrenta esa misma cantidad de unidades valuadas a $2.086,45 cada una. No se trata de un caso patológico ni de una situación excepcional. Es el resultado mecánico de aplicar el sistema a cualquier préstamo otorgado en ese período, tal como cualquiera puede corroborar con los datos que publica regularmente el Banco Central. El Banco Central publica diariamente el valor de referencia, transformando lo que parecía una solución elegante en una pesadilla contable.

El sistema de la UVA nació con una intención loable. Creado mediante la ley 25.827 e instrumentado por el Banco Central en 2016, el mecanismo partía de una premisa inteligente: si se medía la deuda en "ladrillos" —representados por el costo de construcción de un milésimo de metro cuadrado de vivienda— en lugar de pesos, los bancos no necesitarían cobrar tasas de interés astronómicas para cubrirse de la inflación. Con cuotas iniciales mucho más accesibles, las familias de ingresos medios finalmente podían calificar para créditos hipotecarios que les permitieran acceder a una vivienda propia. Durante el período 2016-2018, efectivamente funcionó: se otorgaron más créditos inmobiliarios que en toda la década anterior combinada. El sueño de la casa propia parecía al alcance.

El problema nunca estuvo en la idea, sino en un detalle técnico que resultó ser una bomba de tiempo. La UVA se ajusta mediante el CER, que a su vez replica al Índice de Precios al Consumidor. En otras palabras: la deuda se indexa por precios. Pero aquí viene lo crucial: la cuota no se paga con precios. Se paga con salario. Mientras ambos índices corrieron parejos, el sistema funcionó sin fricciones. Pero durante los últimos ocho años, Argentina experimentó un fenómeno económico persistente donde los precios ganaron sistemáticamente la carrera contra los salarios. Cuando esto ocurre, la deuda crece más rápido que la capacidad de pagarla, y ese costo no lo absorben ni los bancos ni el Estado. Lo absorbe íntegramente el deudor.

Los números oficiales ponen de relieve la magnitud del desastre. Según el R.I.P.T.E. —la Remuneración Imponible Promedio de los Trabajadores Estables, el índice oficial de salarios que depende de la Secretaría de Seguridad Social—, entre junio de 2018 y la actualidad la UVA subió 8.503,92 por ciento, mientras que los sueldos se incrementaron 6.373 por ciento. La unidad de ajuste le ganó a los salarios por una brecha de 32,92 por ciento. Traducido a la vida cotidiana de una familia: la cuota mensual que al firmarse comprometía aproximadamente el 25 por ciento del ingreso familiar ahora consume casi un tercio adicional de ese mismo ingreso. No porque el deudor haya perdido su trabajo, no porque su situación laboral haya empeorado, no porque haya contraído más deuda. Únicamente porque el índice al cual se amarró su vivienda corrió más velozmente que el índice con el cual le pagan el sueldo.

La brecha UVA-salario se transformó en una especie de monstruo que ningún gobierno se atrevió a desactivar. Pese a reconocer el problema, las administraciones se limitaron a anunciar estudios, crear comisiones de análisis o proponer soluciones tibias que nunca llegaron a implementarse con decisión. Mientras tanto, cada mes que pasa profundiza la crisis de quienes firmaron esos contratos confiando en que el sistema funcionaría de manera más justa. Hoy, miles de argentinos enfrentan la disyuntiva de destinar cada vez más dinero a una cuota que aparentemente no deja de crecer, o simplemente abandonar la propiedad que juraron pagar. La deuda que alguna vez representó esperanza se convirtió en un ancla que hundió los sueños de vivienda de una generación.

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