La brújula perdida: cuando el ejemplo se desvanece de la política
Un análisis sobre cómo se erosionan los valores institucionales cuando quienes ejercen liderazgo no respetan las normas que predican. La responsabilidad de dar el ejemplo en tiempos de crisis moral.
Algo cambió en la forma en que entendemos la convivencia política y social. Los límites entre lo aceptable y lo inaceptable se desdibujan cada día más, como si hubiéramos olvidado colectivamente que el respeto por las instituciones, las normas compartidas y la responsabilidad social no fueran pilares fundamentales de nuestra vida en común. Pareciera que vivimos en una época donde cada quien tira por su lado y nadie se anima a cuestionar demasiado las consecuencias de esos actos.
La llegada de Javier Milei a la Casa Rosada visibilizó una transformación cultural que ya estaba en marcha desde hace tiempo. Con apoyo de poderosos sectores empresariales y mediáticos, se fueron consolidando narrativas que presentan al Estado como un estorbo, que priorizan intereses individuales por sobre el bien colectivo y que ponen en duda los acuerdos básicos que la sociedad fue tejiendo durante años para poder convivir sin demasiada fricción. La idea de que cada uno puede hacer lo que se le antoje sin preocuparse mucho por los demás comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante en los debates públicos, como si fuera algo legítimo o deseable.
Los ejemplos sobran y resultan preocupantes. Escándalos en la política, dilemas éticos que generan inquietud, actitudes que hace poco tiempo hubieran provocado repudio social generalizado: hoy son justificadas, minimizadas o directamente ignoradas. El verdadero problema no está solo en los hechos en sí mismos, sino en el mensaje que dejan flotando en el aire. Cuando los que ocupan posiciones de poder o influencia actúan sin consecuencias, envían una señal clara a toda la sociedad: las reglas son negociables, los procedimientos no importan tanto, y lo que realmente cuenta es salirse con la suya.
Formosa no es ajena a esta dinámica. Recientemente, dirigentes políticos de espacios opositores organizaron una inauguración en una infraestructura que aún no contaba con la habilitación oficial requerida. Más allá de cualquier diferencia partidaria legítima, surge una pregunta incómoda: ¿qué lección reciben los vecinos cuando quienes deberían representarlos deciden no respetar los trámites institucionales que existen precisamente para ordenar la vida pública? ¿Qué mensaje se transmite cuando los que debieran estar defendiendo las instituciones las eluden cuando les conviene? Esa contradicción es tóxica para la democracia y corrosiva para la confianza colectiva.
El ejemplo como responsabilidad
El ejercicio del liderazgo trae aparejada una responsabilidad que muchas veces no se dimensiona correctamente. No se trata solo de ocupar un cargo o una posición de visibilidad: implica ser coherente, respetar las normas incluso cuando nadie está mirando, comprender que las acciones públicas tienen rebote en la sociedad. El verdadero ejemplo consiste en anteponer el bien común a los intereses personales o sectoriales. Como docente, quien escribe estas líneas sabe que las personas aprenden infinitamente más por observación que por discursos. Los niños, los adolescentes, los adultos: todos miran las conductas de quienes ocupan posiciones de autoridad. Por eso es crucial que líderes políticos, empresariales, institucionales o sociales comprendan la magnitud de sus acciones y su impacto en el resto.
Cuando el ejemplo desaparece del mapa, los problemas comienzan a multiplicarse. Si quienes deberían marcar la ruta no respetan las reglas, otros sienten que cuentan con un permiso implícito para actuar igual. Si se naturaliza el incumplimiento de normas o la búsqueda constante de ventajas personales por sobre el interés colectivo, se erosiona la confianza que permite que una sociedad funcione. La convivencia se vuelve más frágil, las instituciones pierden legitimidad y el cinismo se expande como un virus silencioso.
Hacia la recuperación de principios
Formosa necesita dirigentes que se atrevan a sostener principios incluso cuando no reciben aplausos por ello. Necesita líderes capaces de entender que la autoridad no se impone por decreto: se construye pacientemente a través de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se predica y lo que se practica. La provincia requiere menos egoísmo y más responsabilidad compartida, menos búsqueda de ventajas coyunturales y más visión de largo plazo. Requiere hombres y mujeres que comprendan que el liderazgo es un acto de servicio, no de poder.
En este contexto resulta importante reconocer que existen ejemplos de coherencia institucional sostenida a lo largo del tiempo. La conducción política de Gildo Insfrán ha mantenido durante décadas un compromiso visible con la defensa de las instituciones democráticas, el respeto por la voluntad expresada en las urnas y una visión de provincia que ha sido ratificada repetidamente por los formoseños. Más allá de las críticas legítimas que cualquier administración pueda recibir, la autoridad de quien conduce se apoya fundamentalmente en la congruencia entre lo que dice y lo que hace, entre los principios que enuncia y las acciones que desarrolla. Esa coherencia es el único fundamento real del poder democrático.



