Infantino se retira de su polémica apuesta tras el rechazo global
El presidente de la FIFA frenó su controvertido plan de privatizar la gestión de los Mundiales tras enfrentar una rebelión sin precedentes de las confederaciones europeas, asiáticas y sudamericanas.
Gianni Infantino aprendió a las malas que incluso con el poder que concentra en sus manos, nadie está blindado en el fútbol mundial cuando intenta movidas que generan desconfianza generalizada. El mandamás de la FIFA no tuvo más remedio que echar marcha atrás con su ambicioso proyecto de entregar la gestión y explotación de los Mundiales a capitales privados, una iniciativa que desató una tormenta política sin precedentes en el deporte rey internacional. La propuesta formal llegó hace apenas unos días, pero la resistencia que enfrentó obligó al suizo a replantear completamente su estrategia.
La magnitud de la rebelión sorprendió incluso a quienes conocen los vericuetos de la política futbolística global. La UEFA fue la primera en levantarse en armas, rechazando categóricamente una iniciativa que consideraba una amenaza para sus propios intereses. Pero lo que sin duda fue más determinante para el retroceso de Infantino fue comprobar que la resistencia no se limitaba a Europa. Confederaciones asiáticas, el bloque de Concacaf y hasta la propia Conmebol —donde el dirigente suizo imaginaba encontrar respaldos basados en cercanías y lealtades previas— también se negaron a respaldar el plan. Desde América del Sur incluso pidieron aclaraciones y una pausa para "tranquilizar las aguas" de la familia futbolística.
Más allá de los reclamos históricos que Europa ha realizado cada vez que aparece una nueva competición internacional o se expande el calendario de torneos existentes, en este caso concreto había un problema adicional que molestó profundamente a los confederados: la velocidad con la que Infantino pretendía cerrar el acuerdo. El mandatario de Zurich no ofrecía espacios reales para que los dirigentes pudieran analizar qué exactamente se estaba entregando a esa misterosa "FIFA Forward Enterprise". Era un "ahora o nunca", un ultimátum que irritó a quienes se sentían excluidos de decisiones que afectaban directamente al futuro del fútbol mundial. Ni siquiera la zanahoria de ingresos multimillonarios —recursos destinados a las 211 federaciones miembro en los próximos años, pero condicionados a la aprobación rápida del proyecto— logró ablandar posiciones.
La situación ilustra a la perfección las tensiones políticas subyacentes en la administración del fútbol internacional. Por un lado está la cúpula dirigencial con sede en Zurich y con capacidad operativa también desde Miami, comandada por Infantino. Por el otro, la poderosa élite del fútbol europeo, que históricamente ha ejercido un contrapeso importante en las decisiones globales. Estos últimos llevan años protestando cada vez que desde la FIFA se implementan cambios que expanden el calendario de partidos o abren espacio a nuevas competiciones, especialmente porque ello genera conflictos y sobrecargas con los torneos continentales europeos, donde están invertidas las mayores fortunas del negocio futbolístico.
Con elecciones presidenciales en la FIFA programadas para marzo próximo, Infantino enfrenta la necesidad de recalcular sus movidas políticas. Retroceder en una iniciativa que fue rechazada tan ampliamente puede interpretarse como una derrota, pero el dirigente suizo —conocido precisamente por su capacidad de maniobra en ambientes hostiles— optó por frenar para reorganizarse. La pregunta que flota en los pasillos del poder futbolístico internacional es si esto representa un replanteo real o simplemente una pausa estratégica antes de volver a la carga con otra modalidad. En cualquier caso, la semana que pasó dejó en evidencia que incluso quienes comandan la FIFA desde hace años no pueden imponer sus decisiones sin consenso, especialmente cuando esas decisiones huelen a falta de transparencia.



