La crisis arbitral desmoralizó el fútbol argentino en la Supercopa Internacional
La polémica actuación del árbitro y el VAR en la final entre Rosario Central y Estudiantes dejó un sabor amargo que opacó la victoria y generó un consenso generalizado sobre la manipulación de partidos en el fútbol local.
El sábado pasado se jugó una final de Supercopa Internacional que debería haber quedado en la memoria de los hinchas por el talento desplegado en la cancha, por la gloria de Rosario Central consagrándose campeón y, especialmente, por ese tiro libre de antología ejecutado por Ángel Di María. Sin embargo, lo que predomina en el ambiente es una profunda sensación de indignación y desazón. La actuación arbitral transformó un partido que prometía emociones futbolísticas en un acto que cuestionó los pilares básicos de la competencia deportiva.
Lo que sucedió durante los noventa minutos expuso de manera cruda los problemas estructurales que atraviesa el arbitraje argentino en la actualidad. No se trata de simples quejas de hinchas molestos por una derrota. Lo notable es que existe un consenso prácticamente unánime, que trasciende las simpatías de cada equipo, sobre la existencia de manipulación en los resultados. Esto representa un quiebre preocupante en la confianza colectiva hacia las autoridades que dirigen los partidos. Hace años que no se veía una percepción tan generalizada de que algo funciona mal en los resortes del poder arbitral.
El caso de Darío Herrera, quien dirigió el encuentro, ejemplifica esta crisis de forma elocuente. Se trata de un árbitro que gozaba de cierto prestigio a lo largo de su carrera, aunque siempre estuvo rodeado de polémicas. Pero en esta final perdió toda la autoridad que lo caracterizaba. Se convirtió en un simple ejecutor de decisiones tomadas desde afuera de la cancha, específicamente desde Ezeiza, donde reside la estructura central de la AFA y sus cámaras de VAR. El funcionario no tuvo la templanza necesaria para rechazar las "sugerencias" que le llegaban desde el sistema de video, algo que sí hacen otros colegas, aunque sean minoría.
El manejo selectivo del VAR fue lo más escandaloso. Cuando se revisó la jugada en el área de Estudiantes, la revisión fue exhaustiva: la misma imagen se repitió doce veces en poco más de un minuto para que Herrera "entendiera" qué tenía que hacer. Un toque absolutamente inocuo fue convertido en infracción tras esa maratón visual. En contraste, cuando se trató de una posible falta cometida por un jugador de Rosario Central que ya estaba amonestado —una acción que incluye imágenes contundentes y que podría haber resultado en roja directa— el VAR aplicó un silencio cómodo. Jorge Baliño, encargado del sistema de video, pareciera ejercer un rol selectivo: decide cuándo revisar a fondo y cuándo ignorar lo que sucede.
El daño colectivo que genera esta situación es difícil de cuantificar pero fácil de constatar. Hinchas neutrales que simplemente querían disfrutar de una final de primer nivel, sin conexiones emocionales particulares con ninguno de los protagonistas, terminaron desalentados y desconfiados. La capacidad de disfrute del espectáculo futbolístico se ve comprometida cuando prima la sospecha sobre la integridad competitiva. Ya no se trata de si ganó el mejor, sino de si los árbitros permitieron que ganara quien debía ganar según las decisiones tomadas desde las oficinas del poder. Esta erosión de la confianza es, quizá, el daño más profundo: vuelve difícil, casi imposible, el simple acto de ver fútbol argentino sin sentir que algo turbio ocurre detrás de escenas.
La historia del arbitraje en Argentina siempre incluyó figuras cuestionables y otras más respetables, pero nunca antes la opinión pública se había solidarizado de manera tan compacta alrededor de la idea de que existe un sistema de manipulación estructurado. Esto no es solamente malo para los equipos que sufren decisiones injustas o para los hinchas que ven vulnerados sus derechos como espectadores. Es malo para el fútbol en sí, porque socava el sentido de lo que significa competir. Sin instituciones confiables, sin reglas aplicadas con imparcialidad, la competencia pierde su esencia. Y cuando eso sucede, el deporte deja de ser deporte para convertirse en un acto de teatro preestablecido, donde el resultado importa menos que quién ostenta el poder para decidirlo.



