La economía, el punto débil de Milei rumbo a 2027
Mientras el Gobierno apuesta a mantener el rumbo fiscal, la realidad económica muestra grietas: menos empresas, jóvenes sin esperanza laboral y una mayoría que no siente mejoras en su bolsillo.
La apuesta de Javier Milei para disputar la reelección en 2027 se sostiene en una premisa que repetida incansablemente: si se mantiene el rumbo, los resultados van a llegar. "Tarde o temprano las cosas van a empezar a funcionar bien", suele decir el presidente desde el púlpito presidencial, con la convicción de quien cree que el tiempo está de su lado. Sin embargo, mientras el discurso oficial promete estabilidad macroeconómica y orden fiscal, el terreno muestra hundimientos preocupantes que amenazan esa narrativa. La menor actividad económica, el cierre masivo de empresas y la frustración de millones que aún no sienten mejora alguna en sus ingresos trazan un escenario complejo para el oficialismo.
El equipo económico no esconde su visión sobre lo que ocurre en el sector productivo. Pablo Lavigne, secretario de Coordinación de Producción, fue directo con los empresarios: los cierres y quiebras empresariales son parte del "costo natural" del crecimiento. Una frase que resuena bien entre quienes ganan con la actual configuración —energía, minería—, pero genera rechazo en el grueso del tejido empresarial. Aunque muchos reconocen los logros en inflación, eliminación de regulaciones y disciplina fiscal, la preocupación por quiénes quedan en el camino es cada vez más profunda. Los números hablan por sí solos: desde noviembre de 2023, cuando asumió Milei, Argentina pasó de 512.357 empresas activas a 481.015 en mediados de 2026. Eso representa más de 31.000 bajas en poco más de dos años, es decir, aproximadamente 33 negocios menos diarios. Una sangría que ningún comunicado oficial puede disimular.
Lo que realmente preocupa a los analistas políticos no es solo la contracción económica, sino la erosión de las expectativas. En política, la esperanza es una moneda tan valiosa como cualquier resultado económico real. Cuando la gente tolera una situación adversa es porque cree que mejorará. Milei no promete ese mundo mejor; garantiza que no cambiará de dirección, lo cual elimina de un plumazo la ilusión de transformación. Si ese pacto silencioso —aguanto ahora porque confío en mañana— se quiebra, remontar electoralmente se vuelve casi imposible. Y hay signos de que esa ruptura ya está en marcha, especialmente entre los jóvenes. Según el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, siete de cada diez adolescentes y adultos jóvenes entre 18 y 25 años no logran acceder a un empleo regular con pleno ejercicio de derechos. Una generación entera que ve el trabajo y la educación como insuficientes para cambiar su realidad.
Paradójicamente, Milei encuentra en la debilidad de la oposición su mejor aliado electoral. Encuestas recientes muestran que una porción significativa del electorado ha perdido la esperanza y no ve candidatos atractivos. Si Axel Kicillof es el previsible competidor en 2027, el oficialismo apunta a que el kirchnerismo ya tuvo casi veinte años para demostrar su utilidad y fracasó. Esa desconfianza bipartidista genera un escenario peculiar: muchos votantes rechazarán al Gobierno pero tampoco confiarán en sus alternativas. Sin embargo, los mercados no interpretan el panorama de esa manera. Nueva York observa con atención porque, dependiendo de quién gane en 2027, el rumbo económico podría mantenerse o girar ciento ochenta grados. De allí la importancia que le adjudican los analistas internacionales a la política local.
El problema que se dibuja no es solo la desaceleración que ya registran las consultoras en sus proyecciones de crecimiento. Aunque algunas proyecten expansión del 2% anual, economistas serios advierten que ese ritmo no será suficiente para que la mayoría sienta mejora. Incluso si los salarios se recuperan durante lo que resta del año, caerían nuevamente en comparación con 2025. Ese ciclo de recuperación microscópica genera frustración acumulativa. El mayor riesgo, según especialistas, no es el crecimiento lento sino la amenaza que representa para la sustentabilidad del programa oficial. Si la actividad se contrae más, el ajuste fiscal se vuelve insostenible sin ajustes brutales adicionales. Y si hay más ajustes, menos empresas sobrevivirán y menos jóvenes tendrán oportunidades laborales. Es un círculo vicioso que la retórica presidencial no puede romper.



